El concurso literario Letras de Oro fue establecido
con el objeto de reconocer los esfuerzos creativos en el idioma español que se
llevan a cabo en los Estados Unidos de América. Los premios del concurso
se adjudican anualmente en los siguientes géneros: cuento, ensayo/critica
literaria, novela, poesía y teatro. Cada serie tiene lo mejor en estos géneros,
decidido por jueces de la literatura internacional.
ISBN
1-57454-007-6
PRÓLOGO, de Manuel Vázquez Montalbán
“EL DESENCANTO YA NO ES LO QUE
ERA”
La visión irónica es la de la angustia, la náusea,
el absurdo. En paralelismo hay dos grandes movimientos narrativos, el trágico y
el cómico, que se inclinan respectivamente a la cadencia irónica y romántica.
Northrop Frye, La estructura inflexible de la obra
literaria
El axioma de Frye no
sirve para reflejar con exactitud la dictadura de la ironía que se percibe en
la inmensa mayoría de la literatura más notable del fin del segundo milenio. En
“Estructura de la Lírica Moderna”, Hugo Friedrich
planteaba el desencanto ante la realidad y sus alternativas como la clave
fundamental de la materia y la manera de la poesía del siglo XX. Friedrich se explicaba así el escepticismo crítico y
sarcástico posterior al simbolismo y en casi nada identificable con el
claroscuro dubitativo del postromanticismo. A veces yo he ultimado esta
apreciación a partir de aquellos sabios versos de Eliot:
Tú solo conoces un puñado de imágenes
rotas sobre las que se pone el sol. El poeta expresa su intuición de la
imposibilidad del conocimiento total y la plasma en un montón de imágenes
arruinadas sobre las que el sol subraya la impresión de crepúsculo del
optimismo del conocimiento continuo.
La forma literaria de este siglo que termina es el
reflejo del escepticismo de la razón sobre su propia capacidad de entender la
vida, la Historia y cambiarlas. Es curioso que la lírica y la mejor novela
hayan ido a contracorriente de las ideologías y las estrategias políticas
basadas en la apuesta entre el Todo o la Nada. La crueldad generada por esas
estrategias sectarias y dogmáticas tal vez haya servido para que los escritores
recelaran de la bondad no ya de sus planteamientos, sino también de sus
finalidades. Pero en el caso de Eliot la salida moral
era fácil. Como creyente católico tenía la ventaja de que su reino no era de
este mundo y de que en su fin estaba su principio, motor dialéctico de Cuatro Cuartetos.
Más difícil lo hemos tenido los escritores
agnósticos, enfrentados una y otra vez a la evidencia de la crisis de los
conocimientos emancipadores personales y colectivos y de un sentido liberador
de la Historia. El fideismo muere en literatura con
el hundimiento del realismo socialista y en su lugar queda el nihilismo o el
relativismo, el primero mayoritariamente escorado hacia el ensimismamiento, el
subjetivismo, el refugio de la conciencia y la escritura en la madriguera de la
verbalidad. En cuanto a los relativistas normalmente
hemos recurrido a la ironía cuando no al sarcasmo, apreciación detectada por Northrop Frye tanto en Anatomía del realismo como en La estructura inflexible de la obra
literaria. La ironía implica una asunción sentimental de la impotencia de
la razón y es un filtro para el conocimiento propio y para el transmitido
mediante cualquier código literario. Ese relativismo emisor conforma unos códigos
marcados por el eclecticismo y el collage, es decir, el mestizaje de códigos,
ordenado o desordenado, hasta los límites de la enumeración caótica que tanto
entusiasmaba a los neoestilistas.
He tenido la inmensa suerte de ser a veces muy
bien leído y José F. Colmeiro es ese lector que todo escritor quisiera tener,
aunque fuera una vez en la vida. Si yo hubiera puesto título al conjunto de mi
obra sin duda hubiera sido “Crónica del desencanto”, y sólo
litigaría con Colmeiro en el sentido que tiene mi posible adscripción a la postmodernidad como actitud intelectual. Si hablamos de postmodernidad como una situación resultante del final de
la aventura del vanguardismo, considerado como crecimiento continuo y
progresivo del espíritu, de acuerdo. Pero Colmeiro sabe que no puedo ser
integrado dentro de un postmodernismo ahistórico y ahistoricista, por lo que en más de una ocasión he abogado
por la rehistorificación del postmodernismo.
Cualquier acción humana se da en una convención temporal llamada Historia al
mismo tiempo que construye el sentido convencional de lo histórico. La
literatura es una acción humana inmediatamente historificada,
lo quiera o no el escritor, víctima de la maldición de Adorno: El tiempo se
filtra por las rendijas de las escrituras aparentemente más herméticas, más
ensimismadas. Postmodernidad historificada
y necesariamente partidaria de la esperanza considerada como una religión de
futuro a la manera de Bloch, pero una religión vivida
desde una radical desteologización. Ni siquiera la
idea del Hombre merece ser deificada y el futuro sólo vale la pena afrontarlo
desde la esperanza de que para entonces el número de víctimas haya disminuido.
Tras más de treinta años de escritura me reconozco
en el trabajo de Colmeiro que aunque circunscrito a mis obras narrativas ha
conseguido una ajustada percepción de mis obsesiones fundamentales, las que dan
caracter a cuanto escribo, sea prosa o verso, y ha
diseccionado mis escritos con un instrumental metodológico complejo y
ecléctico, resultado de un riquísimo patrimonio crítico que hoy haría imposible
cualquier refugio sectario: sociologismo, estructuralismo, estilismo. Y aprecio
que habiendo iniciado su revisión crítica de mi obra años ha, a partir de su
curiosidad por mis novelas supuestamente policiacas,
haya viajado hasta el fin de mis intenciones y de mi poética con una firmeza y
voluntad de unicidad y clarificación que ni yo mismo me he permitido. Al fin y
al cabo soy hijo de aquella suspicacia marxista, de Groucho
Marx: “Jamás me haría de un club que me
aceptara como socio” y por lo tanto me sorprende la cantidad de generoso
talento que Colmeiro ha aplicado para ayudarme a ser leido.
Manuel Vázquez Montalbán