Crónica del desencanto: La narrativa de Manuel Vázquez Montalbán.

José F. Colmeiro

 

Letras de Oro

Lo mas destacado de la literatura escrita en español en los Estados Unidos

El concurso literario Letras de Oro fue establecido con el objeto de reconocer los esfuerzos creativos en el idioma español que se llevan a cabo en  los Estados Unidos de América. Los premios del concurso se adjudican anualmente en los siguientes géneros: cuento, ensayo/critica literaria, novela, poesía y teatro. Cada serie tiene lo mejor en estos géneros, decidido por jueces de la literatura internacional.
 
   

             ISBN  1-57454-007-6

 

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PRÓLOGO, de Manuel Vázquez Montalbán

 

“EL DESENCANTO YA NO ES LO QUE ERA”

 

 

La visión irónica es la de la angustia, la náusea, el absurdo. En paralelismo hay dos grandes movimientos narrativos, el trágico y el cómico, que se inclinan respectivamente a la cadencia irónica y romántica.

 

Northrop Frye, La estructura inflexible de la obra literaria

 

El axioma de Frye no sirve para reflejar con exactitud la dictadura de la ironía que se percibe en la inmensa mayoría de la literatura más notable del fin del segundo milenio. En “Estructura de la Lírica Moderna”, Hugo Friedrich planteaba el desencanto ante la realidad y sus alternativas como la clave fundamental de la materia y la manera de la poesía del siglo XX. Friedrich se explicaba así el escepticismo crítico y sarcástico posterior al simbolismo y en casi nada identificable con el claroscuro dubitativo del postromanticismo. A veces yo he ultimado esta apreciación a partir de aquellos sabios versos de Eliot: Tú solo conoces un puñado de imágenes rotas sobre las que se pone el sol. El poeta expresa su intuición de la imposibilidad del conocimiento total y la plasma en un montón de imágenes arruinadas sobre las que el sol subraya la impresión de crepúsculo del optimismo del conocimiento continuo.

La forma literaria de este siglo que termina es el reflejo del escepticismo de la razón sobre su propia capacidad de entender la vida, la Historia y cambiarlas. Es curioso que la lírica y la mejor novela hayan ido a contracorriente de las ideologías y las estrategias políticas basadas en la apuesta entre el Todo o la Nada. La crueldad generada por esas estrategias sectarias y dogmáticas tal vez haya servido para que los escritores recelaran de la bondad no ya de sus planteamientos, sino también de sus finalidades. Pero en el caso de Eliot la salida moral era fácil. Como creyente católico tenía la ventaja de que su reino no era de este mundo y de que en su fin estaba su principio, motor dialéctico de Cuatro Cuartetos.

Más difícil lo hemos tenido los escritores agnósticos, enfrentados una y otra vez a la evidencia de la crisis de los conocimientos emancipadores personales y colectivos y de un sentido liberador de la Historia. El fideismo muere en literatura con el hundimiento del realismo socialista y en su lugar queda el nihilismo o el relativismo, el primero mayoritariamente escorado hacia el ensimismamiento, el subjetivismo, el refugio de la conciencia y la escritura en la madriguera de la verbalidad. En cuanto a los relativistas normalmente hemos recurrido a la ironía cuando no al sarcasmo, apreciación detectada por Northrop Frye tanto en Anatomía del realismo como en La estructura inflexible de la obra literaria. La ironía implica una asunción sentimental de la impotencia de la razón y es un filtro para el conocimiento propio y para el transmitido mediante cualquier código literario. Ese relativismo emisor conforma unos códigos marcados por el eclecticismo y el collage, es decir, el mestizaje de códigos, ordenado o desordenado, hasta los límites de la enumeración caótica que tanto entusiasmaba a los neoestilistas.

He tenido la inmensa suerte de ser a veces muy bien leído y José F. Colmeiro es ese lector que todo escritor quisiera tener, aunque fuera una vez en la vida. Si yo hubiera puesto título al conjunto de mi obra sin duda hubiera sido “Crónica del desencanto”, y sólo litigaría con Colmeiro en el sentido que tiene mi posible adscripción a la postmodernidad como actitud intelectual. Si hablamos de postmodernidad como una situación resultante del final de la aventura del vanguardismo, considerado como crecimiento continuo y progresivo del espíritu, de acuerdo. Pero Colmeiro sabe que no puedo ser integrado dentro de un postmodernismo ahistórico y ahistoricista, por lo que en más de una ocasión he abogado por la rehistorificación del postmodernismo. Cualquier acción humana se da en una convención temporal llamada Historia al mismo tiempo que construye el sentido convencional de lo histórico. La literatura es una acción humana inmediatamente historificada, lo quiera o no el escritor, víctima de la maldición de Adorno: El tiempo se filtra por las rendijas de las escrituras aparentemente más herméticas, más ensimismadas. Postmodernidad historificada y necesariamente partidaria de la esperanza considerada como una religión de futuro a la manera de Bloch, pero una religión vivida desde una radical desteologización. Ni siquiera la idea del Hombre merece ser deificada y el futuro sólo vale la pena afrontarlo desde la esperanza de que para entonces el número de víctimas haya disminuido.

Tras más de treinta años de escritura me reconozco en el trabajo de Colmeiro que aunque circunscrito a mis obras narrativas ha conseguido una ajustada percepción de mis obsesiones fundamentales, las que dan caracter a cuanto escribo, sea prosa o verso, y ha diseccionado mis escritos con un instrumental metodológico complejo y ecléctico, resultado de un riquísimo patrimonio crítico que hoy haría imposible cualquier refugio sectario: sociologismo, estructuralismo, estilismo. Y aprecio que habiendo iniciado su revisión crítica de mi obra años ha, a partir de su curiosidad por mis novelas supuestamente policiacas, haya viajado hasta el fin de mis intenciones y de mi poética con una firmeza y voluntad de unicidad y clarificación que ni yo mismo me he permitido. Al fin y al cabo soy hijo de aquella suspicacia marxista, de Groucho Marx: “Jamás me haría de un club que me aceptara como socio” y por lo tanto me sorprende la cantidad de generoso talento que Colmeiro ha aplicado para ayudarme a ser leido.

 

 

 

            Manuel Vázquez Montalbán